El muro de los lamentos de los migrantes venezolanos

Una caseta, en la vía Cúcuta-Pamplona, se convirtió en la ventana de expresión de los inmigrantes que huyen de su país. Marta Elena Alarcón Villamizar tiene un negocio sobre la vía nacional a la altura de La Garita, en Los Patios, y allí les presta ayuda a los extranjeros.

Cada noche, entre 30 y 40 venezolanos duermen en esta caseta de La Garita. Marta Elena exhibe algunos de los mensajes que los caminantes han dejado en su negocio. Algunas de las historias que contienen son desgarradoras.

“Recuerdo que esa muchacha llegó como a las 11 de la noche. Apenas la vi me puse mal, me dieron muchas ganas de llorar y me descompuse. Traía entre sus brazos a su bebé de 25 días de nacido. Apenas si se veía la pobre criatura… Me dijo que iban caminando hasta Perú. No sé cómo les habrá terminado de ir”.

La muchacha de la que habla Marta Elena Alarcón Villamizar, se llama Andrimar Reyes. El bebé, del que se desconoce su suerte, fue bautizado en la carretera por su joven madre como Alexander. Y la escena, propia de una película de esas que arrancan lágrimas hasta la deshidratación, ocurrió en una pequeña caseta, ubicada al costado derecho de la vía Cúcuta-Pamplona, a la altura de La Garita (Los Patios).

Ese día, el 22 de julio pasado, Andrimar, su bebé y 13 venezolanos más, llegaron hasta el negocio de Marta, y como ya se ha vuelto costumbre entre los migrantes del vecino país, decidieron pasar la noche allí, antes de reiniciar su travesía de más de 3.400 kilómetros hasta Perú.

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Así quedó consignado en un sobre de manila en el que los caminantes decidieron dejar, como si fuera su testamento, el registro de su travesía.

“Vamos 15 personas trabajadoras, luchadoras, en busca de una mejor vida para nosotros y nuestros familiares en Venezuela”, quedó escrito en el papel, antes de que tatuaran sus nombres, quizás con el ánimo de que alguien más los recuerde en su sacrificio.

Como este testimonio, Marta conserva cientos de mensajes que los venezolanos migrantes han redactado en lo que tienen a la mano, hasta bolívares fuertes que ya no tienen ningún valor, y que le han entregado para que sirva de testigo de sus vidas, perdidas en el anonimato de los miles de kilómetros que los separan de su hogar.

“Me han hospitalizado dos veces en el último año. Las historias que me cuentan me afectan tanto, que me dan crisis nerviosas y me enfermo. Ahora mismo estoy esperando que me autoricen una cirugía porque me encontraron cálculos. Pienso en esos días en los que no voy a estar para ayudarlos y me da una tristeza”…

Marta, quizás para no tragarse sola las palabras que los venezolanos le confían para su custodia, decidió enseñárselas a todos los que se acercan a su negocio, como una prueba irrefutable de lo que miles de personas están viviendo en el vecino país.

Por eso, uno a uno, tomó los cientos de mensajes que le han entregado y los pegó por todos los rincones de su caseta; y cuando ya no tuvo más espacio, los colgó sobre el lugar habilitado para los clientes. Así, resulta inevitable para todo el que llega no ver los mensajes que allí se exhiben.

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“Madre, me vine porque la vida en mi país está dura. Regresaré por ti mamá, voy a hacer lo que está a mi alcance para salir adelante”, reza una de las notas allí expuestas. Su autor no quiso firmarla el pasado 5 de agosto cuando pasó por donde Marta con destino Bogotá, pero ella, con solo verla, sabe de quién se trata.

“Recuerdo a todos los que han pasado por aquí. Con solo ver cada papel, se me vienen a la memoria sus rostros. Y eso que por aquí han pasado miles. Cada noche duermen hasta 40 en mi caseta, imagínese cuántos han cruzado por aquí en todo este tiempo”…

En medio de la noche, a eso de las 9 o 10, Marta sale de su casa, distante unos 300 metros de su negocio, para encontrarse con sus ‘inquilinos’. Harina pan, aceite y agua de panela, es el menú. Entre todos prenden candela en un improvisado fogón que les habilitó en la parte de atrás de su tienda y bajo la luz de la luna y las estrellas, comen como familia, aunque no se conozcan, antes de dispersarse otra vez sobre el asfalto, cuando empiece el amanecer.

“El día que más vendo es el domingo. Aunque ahora casi todo lo que gano lo destino a los que llegan a mi caseta. Mi familia me dice que deje de preocuparme tanto por ellos, pero no puedo, ¿cómo hago para ser indiferente si los veo pasar a toda hora frente a mis narices?”.

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A Marta muchas personas le han preguntado si necesita algo, pero dice que no. Que no necesita para ella, aunque su casa esté agrietada por culpa de un maestro que quiso ahorrar cemento y la construyó casi en arena.

Que no necesita aunque su única fuente de ingresos sea la caseta que administra desde hace 15 años y cuyas utilidades se están yendo en una causa que hizo suya aunque no sea su obligación.

Que no necesita nada aunque su salud se esté deteriorando y deba esperar meses para que la vea un especialista. Que no necesita, aunque lo necesite todo.

Pero así es ella. Por eso prefiere decir que ‘quizás sí necesita algo’. Y ese algo son pastillas para el dolor, toallas higiénicas, pañales, ropa para el frío, zapatos deportivos y mercado.

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“Bueno, no es para mí realmente, es para ellos, ¿sí me entiende?”, dice mientras le ofrece a un cliente desprevenido una rifa de dos bandejas de cerveza, cuyas utilidades serán destinadas a apoyar a unos venezolanos que aún no han podido salir de su país por culpa de la vejez.

“Quiero mandarles un mercado a unos viejitos, papás de unos que pasaron por aquí y me dijeron que están muy mal allá en sus casas. Mientras ellos llegan a Perú o adonde sea que vayan y logran enviarles algo de dinero, yo quiero mandarles un mercadito para que se sostengan. ¿Me compra un puesto?”.

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