Bucaramanga, un dormitorio de migrantes

Los cerca de 400 venezolanos que llegan diariamente a Bucaramanga encuentran una ciudad entre el hastío y la impotencia. Aunque son más las caras amables que los reciben, el gran éxodo que recorre las principales vías del área metropolitana no ha escapado de la intolerancia.

Los parques Centenario, el de Los Niños, el del Agua y el García Rovíra se han convertido en albergues improvisados para los migrantes. Incluso, antes de llegar a la ciudad, muchos saben a dónde deben dirigirse.

“Por chats o Facebook uno pregunta: ey pana, voy para Bucaramanga. ¿Alguien sabe en dónde puede descansar un rato? Y ahí responden… Antes decían que al García Rovira. Ahora es en El Parque del Agua”, comentó Hayder Pinilla, un joven de 22 años quien llegó a la ciudad con su primo, un exmilitar venezolano.

Lo que en otras épocas era un espacio verde de alegría para grandes y chicos, que hizo famosa a Bucaramanga con su apodo de ‘La Ciudad de los Parques’, ahora es una mezcla de dolores, cansancio y tristeza que a veces se mezcla con la solidaridad de decenas de bumangueses que hacen ‘vaca’ para llevarles comida caliente.

Estas casas improvisadas, con hermanos hechos en el camino, reciben diariamente a cerca de 400 venezolanos con los pies llenos de ampollas y el estómago vacío, pues los caminantes venezolanos recorren más de 200 kilómetros para llegar a Bucaramanga.

Meten en un bolso los recuerdos de toda su vida y se arman de valor para recorrer el territorio colombiano. Descansan en colchones sin espuma bajo la lluvia esporádica de las noches bumanguesas.

“No saben lo difícil que es decidir qué empacar. Aunque uno ha pasado días sin comer, tienes a tu mamá enferma y sabes que debes irte, la empacada es dura. Es peor cuando el cansancio azota. Decidir qué cosas de tu maleta dejar en el camino es peor”, comentó Andreina Prieto, venezolana de 34 años que perdió a su papá por la falta de medicamentos en Venezuela.

La receta del destierro

Luis López salió de Caracas hace un mes. En Bucaramanga, una conocida de su familia le dijo que necesitaban mano de obra para construcción y que si se venía rápido ella lo ayudaba. Solo tenía que tener el pasaporte y listo.

Sin embargo, en Venezuela hay un millón de razones burocráticas, represivas, económicas y hasta ilógicas por las que tanto para Luis como para todos los que vienen detrás de él, fue imposible conseguir un pasaporte.

Entonces, tras pensarlo por varios días, esos que le quedaron libres después de que lo despidieron de la empresa de plásticos donde trabajaba como contador, se dio cuenta que no tenía más opción que salir.

Sus dos hijos, varones, uno en la universidad y el otro en el colegio, ya acostumbrados a que en el día solo se comía dos veces, le pidieron que no lo hiciera, porque el papá de unos amigos se fue hace un año y medio y esa era la hora en que no había vuelto.

Le imploraron, con lágrimas en los ojos, que no los dejara o los llevara con él. La madre había muerto nueve meses atrás y ellos no podían perderlo a él también.

“Una peritonitis se la llevó ya que no se la pudieron tratar por falta de medicamentos. Porque el régimen de Maduro mata, coño, mata”, cuenta.

A los pocos días, se encontró con varios de sus amigos de barrio cruzando el páramo de Berlín, muertos de frío, pero con menos hambre que la que estaban pasando en Venezuela, pues durante los más de 20 días que llevaba de travesía la gente siempre le daba comida y hasta le alcanzaba “para dar y regalar”.

Una vez en la capital santandereana se dedica a vender caramelos y a limpiar los vidrios de los carros. Y aunque hoy no pasa hambre, aún sueña con regresar

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